Balcones de Cuenca

No hay mejor lugar por donde adentrarnos en la ciudad de Cuenca que el Puente de San Pablo, cremallera metálica que comunica dos promontorios rocosos desde sus 60 metros de altura. Desde aquí el paisaje sobrecoge y pone de manifiesto lo escarpado de su terreno. En un extremo el antiguo convento de San Pablo, hoy Parador de Turismo y en su iglesia, el espacio cultural Gustavo Torner, donde arquitectura antigua y abstracción se fusionan con maestría.

En las Casas Colgadas, una de las señas de identidad de esta ciudad se halla el Museo Abstracto de Cuenca, emblemático por ser el primero en apostar por el arte contemporáneo. Una espléndida colección que reúne a lo mejor de la pintura española especialmente de los años 50 y 60.

Nos adentramos en las rondas que nos permiten abarcar casi la totalidad de la ciudad a través de un camino en paralelo a las hoces y asomarnos a sus balcones para disfrutar de la ciudad-paisaje. Por la Ronda de Julián Romero hacemos un alto para  asomarnos al balcón de Florencio Cañas, una de las mejores vistas que nos brinda esta ciudad. Otra de las pruebas de los muchos siglos de historia la ofrecen los restos del antiguo castillo, lugar en el que se encontraba la alcazaba árabe y de donde deriva el nombre de Cuenca, pues los árabes designaban como Kunca la fortaleza emplazada en este lugar. Aquí se encuentra otro de los balcones, el de la Cabeza de Cuenca, un mirador que nos ofrece la posibilidad de completar desde uno de sus extremos, las monumentales cornisas de calizas.

Una escalinata situada en la plaza del Trabuco nos conduce hacia la otra hoz, la del Júcar.  El camino nos lleva a hacer un alto en la Fundación Saura y a asomarnos a ver sobre el promontorio rocoso, los ojos de la mora que tantas veces fue motivo recurrente en la pintura del artista y que sin duda podremos reconocer después en las obras que se exponen en su interior.

 Ya en este punto es inevitable seguir paseando y descender por la escalinata abierta en la roca hacia el paraje de las Angustias y de San Miguel, para seguir así disfrutando del abismo rocoso y que han convertido a Cuenca, en la Ciudad-paisaje por excelencia.